Cena sorpresa

La cena de Navidad a la que nuestro jefe nos invitaba todos los años, fue, en 2001, en una casa de campo, que nuestro jefe había comprado y restaurado.
Había acordado con Pepe, que, como yo soy abstemio, iríamos en mi coche y que los recogería a las ocho de la tarde.

Toqué la bocina del coche cuando llegué y desde la ventana oí la voz de Pepe que decía que ya bajaban. Efectivamente dos minutos después salían por el portal Pepe y Ana.

Salí del coche para saludar a Ana, una genial modelo de videos x y la vi muy atractiva, pero cuando se quitó el abrigo para meterse en el coche, y vi su minifalda, por el medio del muslo y las medias negras, me quedé impactado. Conocía a Ana, pues en alguna otra ocasión la había visto con Pepe en los bares y habíamos charlado, pero nunca me había llamado la atención de aquella manera.

Ella se dio cuenta de mi mirada y me preguntó:

- ¿Estoy guapa?

- Más que la novia. - le dije.

- Pepe nunca me dice nada. - dijo ella.

- Todos los hombres son iguales.
- le dije yo y nos reímos.

Ana y Pepe llevaban casados dos o
tres años y todavía no tenían hijos, pues, decían, que preferían esperar un
poco. Yo estaba, y estoy, soltero.

La 'casita' del jefe estaba a unos cuarenta kilómetros y tardamos en llegar más de media hora, pues la carretera era infernal.

La cena comenzó a las diez de la noche, después de esperar a que llegase el último, que fue el de siempre, y de que el jefe nos enseñase la casa.

La cena fue muy divertida y lo pasamos muy bien. Se recordaron anécdotas sucedidas en la empresa, se contaron los chistes de siempre y otros nuevos, y comimos y bebimos mucho, especialmente Pepe, que agarró una 'sopa' impresionante. Por este motivo, fuimos de los primeros en irnos.

Pepe estaba en un estado lamentable y le dije que era mejor que fuese en el asiento de atrás, pues iría más cómodo. Respondió algo ininteligible y entre Ana y yo lo metimos en el asiento de atrás y Pepe se tumbó en el asiento.

Cuando Ana entró en el coche y se sentó y, durante el breve tiempo que tarda en apagarse la luz interior del coche, pude disfrutar con la visión de las piernas de Ana, pues la falda apenas le tapaba las bragas. Mi polla se levantó como un resorte y ya no se bajaría.

Arranqué el coche y salimos de la finca. Por un camino de tierra en mal estado llegamos a la carretera. Pepe dormía profundamente.

- Se ha dormido. - dijo Ana en voz baja.

Fueron las únicas palabras que se dijeron en el coche. El silencio era tremendo. Yo conducía despacio. Unos kilómetros después, mi mano se puso en el muslo de Ana. Ella no se retiró. Mi corazón latía atropelladamente y mi polla estaba más dura que nunca. Lentamente subí la mano y ella abrió las piernas. Cuando la mano llegó a las bragas, mi polla rompía la pana. Aparté las bragas y conseguí meter un dedo en la raja. Su sexo estaba tan lubricado que el dedo entró con suavidad en el agujero y ella suspiró.


Vi una antigua casa de peones camineros con una pequeña explanada delante. Reduje la velocidad y aparqué en la explanada. Salí del coche y cerré la puerta sin hacer ruido. Abrí la puerta de Ana y ella salió. Cerré con mucho cuidado y la agarré de la mano y la llevé a uno de los laterales de la casa. La apoyé en la pared y nos besamos con pasión, mientras nos besábamos le levanté la falda y le bajé las bragas, después desabroché el cinturón. Ana, mientras tanto, se había quitado las bragas. Acerqué mi polla a su raja pero no atinaba con la entrada, Ana, entonces, agarró mi polla y la puso en el lugar correcto y bastó un ligero movimiento para que entrase hasta la bola. Ella suspiró al sentirla entrar, se agarró a mi cuello y nos besamos. Le pegué unas embestidas tremendas que ella recibió con gemidos y suspiros. Me corrí enseguida y nos quedamos abrazados durante un minuto. Ella no paró de besarme mientras descansábamos.


Regresamos al coche y reanudamos
el camino. Pepe seguía durmiendo plácidamente.


Cuando llegamos, tuve que subir, prácticamente en el hombro, a Pepe y lo dejé encima de la cama. Ana le quitó los zapatos y Pepe siguió durmiendo. Salí de la habitación y Ana me acompañó para despedirme. En la puerta nos abrazamos y nos besamos. Ella estaba excitadísima. Mis manos recorrieron su cuerpo despacio, saboreándolo. Sus bragas estaban mojadas. Metí la mano debajo de las bragas y ella se abrazó a mí con fuerza.


Un rato después sus manos acariciaban mi pecho y a continuación se metieron debajo del pantalón. Entonces Ana, me arrastró hasta el salón, cerró la puerta y me llevó al sofá. Nos desnudamos mutuamente y ella se tumbó en el sofá, yo la cubrí con mi cuerpo y echamos un polvo impresionante. Nunca vi disfrutar tanto a una mujer como en aquel polvo.


Dos meses más tarde Pepe me dijo que Ana estaba embarazada. Siempre he pensado que soy el padre de la hija que tienen Pepe y Ana.

No he vuelto a follar con Ana, pero hemos coincidido otras veces en la calle y ninguno
de nosotros dijo nada